
espero que les guste abrazo
3.
Era tarde el libertario melancólico vigilaba desde una terraza, llevaba un rifle en su mano, acababa de cumplir dieciocho años. Deseaba que el silencio reinara pero era solo un deseo. En el edificio de enfrente un hombre levantaba el dedo pulgar. Sobre la vereda, detrás de un buzón, un muchacho se escondía y armaba algo, otros se escondían sobre la copa de los árboles, otros armaban sus armas desde la ventana de algunos edificios.
Una caravana de autos se acercó a la avenida, en el medio un Mercedes Benz negro de su antena colgaba una bandera extranjera. -Son ellos- exclamó uno de los guerrilleros, El libertario melancólico disparó, desde el edificio de enfrente el hombre disparo, cinco guerrilleros descendieron desde la copla de los árboles y dispararon, otros lo hicieron desde las ventanas. Todos los policías cayeron, el muchacho del buzón se acercó y soltó la bomba contra el auto negro “viva la libertad” gritó lleno de locura. El Mercedes explotó junto con el embajador. Militares surgieron desde las puertas, los ladrillos, las alcantarillas, cayeron del cielo desde invisibles helicópteros. Las balas se escaparon formaron melodías inmortales. -Es una coartada, nos cagaron- gritó el libertario melancólico. -Ese no era el embajador, era un pobre diablo- vociferó el muchacho, una bala terminó en su corazón. Los guerrilleros dispararon hasta morir, cuando las balas se acabaron corrieron, algunos cayeron como moscas sin alas, otros fueron heridos y detenidos. Balas perdidas, sangre, muertos, moscas es el paisaje de la medianoche. El libertario melancólico levantó sus manos, se arrodillo junto a otros veinte, se entregó. Antes eran cine guerrilleros.
Los detenidos entraron a un edificio gris oscuro lleno de manchas, lleno de pasado, se perdieron en un cuarto, Un tribunal lleno de aves negras y viejas gritó culpables. Los veinte caminaron esposados por un pasillo húmedo lleno de grietas. Sentían golpes de cachiporras de vez en cuando. Se abrieron dos puertas, entraron en un camión brindado, dos policías conversan sobre el último clásico deportivo, las puertas se cerraron, el chofer escuchaba una canción, un condenado estaba callado, el conductor baja la ventanilla, el semáforo dibujó un luz roja, alguno de los guerrilleros piensa en su familia, el semáforo marcó el color verde, el vehiculo aceleró, un oficial recordó como fue el gol en el segundo tiempo, tal vez uno de los presos busque en su memoria algún verso de algún poema épico. El sol brilla y destruye la ciudad con su insoportable calor, los guerrilleros se duermen.
El furgón dobló en la avenida numero cinco, se perdió en una ruta que nace y termina en el desierto, se detuvo en algún punto desconocido, un móvil policial frenó atrás. Alguien abrió la puerta, los veinte descendieron, un uniformado se les acercó, se sintieron pequeños granos de existencia frente al inmenso desierto, una bala se perdió en el cráneo de un condenado, eso es por el oficial Sosa gritó el tirador, ahora eran diecinueve, apuntó sobre otro reo, no disparó solo rió, los condenados temblaron. El chofer observó aburrido quemó un poco de tabaco, revisó los bolsillos del reo muerto, lo desnudó y lo enterró en la silenciosa y cómplice arena. Maldita rutina pensó antes de encender el vehiculo.
Las cuatro ruedas se detuvieron frente a un gigantesco portón de plomo. El guardia saludó, el chofer respondió el saludo con un puño cerrado. Los detenidos entraron a una iluminada sala general, alguien les informo su pena y las razones de porque estaban en ese lugar. Los desnudaron, los mojaron con interminables cascadas de agua fría.
Un culatazo en la nuca produjo el desmayo del libertario melancólico. Se despertó en un cuarto oscuro, sin ventanas, sin relojes, sin luz, sin inodoro, sin lápiz, sin papel, sin electricidad. Solo lo acompañaban ratas escurridizas, un silencio torturador y sus demonios más inquietos. Se durmió quiso soñar pero ese negro mundo que lo rodeaba no lo dejaba descansa. Deseo olvidarse de tanto dolor pero la humedad, la oscuridad, las ratas veloces, no le permiten pensar en otra cosa que no sea la muerte. Sus tripas temblaron. Un durante sin comienzo ni fin, surgió en su mente.
Sus oídos escucharon pasos militares, gritos asfixiantes, algo golpeo la celda. Un hombre gordo, un rostro sin forma, un pedazo de pan, un vaso de agua lo saludaron. -Nos vemos más tarde- susurró el carcelero. El libertario melancólico se atragantó con el pan y el agua, se durmió lleno de dolor. En su inconciente encontró un cielo lleno de estrellas, un césped verde donde solo había vida, palmeras que creaban sombras perfectas en la fresca noche de verano, una muchacha hermosa y joven con una vida floreada lo besaba. Un baldazo de agua lo despertó, el carcelero lo hizo deambular durante eternos minutos en pasillos oscuros sin sentido. Un día había pasado, pero él no lo sabía. -Hoy me fusilan- pensó llegando al patio exterior. Afuera no existió un cielo estrellado solo nubes y luces amarillas, no era posible observar la verde hierba de la libertad solo un gris cemento bañado con sangre, las palmeras solo eran oscuros uniformados sin almas. La mujer del sueño no estaba, solo había oficiales y diecinueve presos tristes. Lo bello lo sublime en aquel mundo violento no era una posibilidad.
-Al menos no estoy solo- pensó el libertario melancólico para tranquilizar su miedo pero no pudo.- Fumadores del orto- gritó un oficial. Un disparo se escapa en el aire. Un disparo se perdió en uno de los condenados. Ahora eran diecinueve. Un manguerazo de agua cayó sobre los dieciocho presos, una cascada helada torturó, inundó, el alma del libertario melancólico.
Soñó con un océano rodeado por olas, acariciado por el viento, con una arena suave y de colores, con un atardecer perpetuo. En su inconciente encontró un faro de luz, lleno de libertad, una muchacha demasiado perfecta demasiado hermosa para ser de este mundo. Se despertó en su pequeña jaula sin luz, sin mar. Solo estaba la soledad de saber que se esta solo.
Sintió un hola en código Morse, escuchó dos golpes en la pared.- Soy yo, ¿quien sos?- respondió el libertario melancólico con sus puños cerrados.- Soy Mario, ¿nos mataran pronto?- respondió del otro lado de la pared con infinitos golpes de desesperación, Es mejor no pensar en eso- dijo el hombre que soñaba con faros y arenas de colores. Deseo calmarlo, deseo calmarse. Se durmieron en el abrazo de un miedo soberbio.
Al recuperar la conciencia sintió como su cuerpo era arrastrado por un obeso oficial. Deambularon, se perdieron y terminaron en el oscuro patio de siempre. El cielo dibujaba colores oscuros, claros, el amanecer no se detenía pero era muy lento.-¡¡ Van a sentir el plomo de una bala triste!!!- gritó un sargento cornudo. Una pequeña gaviota quiso cruzar la pared, pero su vuelo fue detenido por el interminable muro de ladrillo gris, chocó y cayó al piso de una manera veloz, violenta. – Alguna pregunta antes de morir- exclamo el sargento cornudo con cierta miserable autoridad. – ¿En que estación del año estamos?- Preguntó el libertario melancólico con curiosidad poética. El sargento cornudo se sorprendió frente a una pregunta tan extraña, tan fuera de lugar. Sintió que su tiranía de muerte ardía en un fuego interminable. Guardó un silencio de veinte segundos, luego respondió: primavera. Necesitaba recuperar su autoridad, su miserable rutina de mercenario oficial, volvió a gritar: ¡¡¡PREPAREN!!!- ¿Cómo puede ser que mueran tantas personas en primavera?, una estación rodeada de flores, de perfumes -pensó el libertario melancólico. ¡¡¡APUNTEN!!! . En una época donde la vida nace y la muerte muere, ¿Por qué matan tanto?- reflexionó Mario frente al fusil de un uniformado sin alma. ¡¡¡FUEGO!!!. – Las rosas, las margaritas, los tulipanes nos llenan el alma de perfume, pero a ellos no les importa, ellos no sienten el dulce aroma de libertad, solo sienten el podrido olor a autoridad- Fue lo último que pensó uno de los condenados antes de sentir todas las descargas de los fusiles sobre su entregado y cansado cuerpo. Ahora eran diecisiete.
-¡Carajo!, la pared se llenó de sangre. Zurditos de mierda a ustedes que les gusta el rojo límpienme el muro- dijo el sargento carnudo. Los diecisiete tomaron esponjas sucias, agua helada y baldearon las paredes con un rencor contenido por el miedo. El sol del mediodía los bañó. -La pared volvió a ser gris, muy bien ratitas comunistas- gritó un militar. Fueron llevados a descansar bajo la sombra una torre protegida por escopetas y rifles.
Un muchacho de pelo, piel, ojos y labios negros se paró frente al limpio muro gris.- a ver negro de mierda ¿Por que molestas a la patria nacional y católica?- preguntó con los labios llenos de sarcasmo el Sargento cornudo. El preso no dijo nada solo lloraba en silencio. Le ofrecieron un cigarrillo, no fumaba pero lo acepto por miedo o tal vez solo para demorar lo inevitable. Lo fumó en silencio, desplazó la colilla sobre la arena. Quiso rezar, olvidarse del momento, pero sus ojos solo observan al fusil. Una bala, un ruido, la pared se volvió a llenar de sangre inocente.- Limpien guerrilleros del orto- les ordenó el sargento a los diecisiete, pero ya estaban todos desmayados.
Antes de perder el conocimiento el libertario melancólico encontró en el suelo una pequeña tiza la guardó en su ropa interior. En el calabozo la luz no llegaba, orinó en un rincón oscuro, quiso estirarse pero no pudo. Decidió medir el tiempo, dibujo sesenta pequeñas rayas luego las marcaba como un minuto. Contó horas, contó días, cuando ya no hubo más que contar, pensó en Mario. Golpeo la pared, nadie respondió, volvió a golpear, solo el silencio lo escuchó, Pateo la pared, destruyo con sus puños la pintura pero no se escuchaba los puños cerrados del otro lado de la pared. -Mario donde estas, Mario- gritó desesperado. El carcelero lo escucho, se acercó, lo insulto y le lleno el rostro de moretones. – acá no se habla- le susurró y le volvió a regalar un moretón.
El libertario melancólico olió su sangre, sintió la húmeda orina, acarició las heridas de su rostro y pensó en el cadáver de Mario. Como lo tirarían a una fosa común llena de muertos sin nombre, como cubrirían el terreno con arena, como los gusanos comerían la muerta carne, como la piel se extinguiría y solo quedarían huesos podridos, solo las uñas y los cabellos de Mario seguirían creciendo sin pedir permiso. Quiso dejar de pensar, sujetó su cabeza, observó el suelo y escuchó el silencioso grito de su alma. Lloró por la oscura desesperación de saber que no existía salida, pero.
La sirena de la cárcel sonó, observó como el humo negro llegaba a su calabozo, las balas cantaban canciones desafinadas. Uno, dos, tres, cuatro, cinco golpes destruyeron la puerta de su calabozo, -sígueme camarada la libertad es inminente- le gritó un reo, el lo siguió sin preguntar, sin dudar. Corrieron por los laberínticos pasillos del calabozo, llegaron confundidos al pequeño patio donde sus amigos fueron fusilados. Afuera, esa inmensa bola de fuego llamado sol brillaba lleno de vida, lleno de locura. Banderas negras colgaban en los murales. Tiros sin rumbo se escapaban desde las torres de vigilancia. En el jardín de cemento, eran quinientas personas quemando un lugar donde solo existía el puño del sometimiento, pero desde las torres de vigilancia eran veinte policías disparándoles a ratas rebeldes.
Para poder acercarse a la puerta que estaba al final del patio, el libertario melancólico y su amigo usaron dos cadáveres como escudo. Algunos hombres los seguían por detrás, uno llevaba una bandera roja. Llegaron a un pasillo alumbrado por el fuego, se observaban carceleros crucificados en las tristes paredes que solo conocían sangre y represión. Un guardia era torturado por dos presos. Para que los disparos no entraran las ventanas eran cubiertas por colchones viejos. Escucharon el ruido de helicópteros acercándose al lugar. Subieron por una escalera caracol, llegaron a la terraza, el cielo ardía, el sol callaba, les disparaban pero los cadáveres eran buenos escudos. Frente a la puerta del salón de armas un carcelero los esperaba. Uno de los presos, se acercó, el guardia quiso disparar pero el miedo lo paralizaba, el condenado lo golpeo, lo desmayó y luego lo colgó. El libertario melancólico y su compañero sin nombre observaron el espectáculo en silencio. Cargaron un bolsón con armas y municiones, desde un balcón brindado lo lanzaron al patio principal. Corrieron por la terraza, los cadáveres los seguían protegiendo. Los reos tomaron las armas y dispararon al viento, al enemigo invisible de siempre. El edificio ardía, bengalas de alcohol y fuego volaban de un lado, balas del otro. Bombas caceras nacían y morían en un instante inmortal. Con improvisadas telas negras y rojas se creaban banderas, símbolos. Los cadáveres surgían al ritmo de los disparos del helicóptero.
El libertario melancólico y su compañero se detuvieron frente a una terraza, abajo existían medanos. Se lanzaron al vació, algunas balas rozaron, sus pies, sus ojos, sus miedos. Se golpearon frente a las montañas de arena, limpiaron sus rodillas y corrieron hacia un camión policial. -Soy Mario- dijo el ser anónimo mientras encendía el vehiculo. El libertario melancólico no creía en las providencias del azar pero por primera vez creyó en ellas, tomo aire y exclamó lleno de vida, de ansias: soy yo. Una sonrisa gigante se dibujó en el otro. Quiso abrazarlo, pero las balas lo obligaron a encender el motor.
El camión destruyó una cerca, aceleró por una extensa avenida, tres autos los seguían por detrás, uno cruzó frente a su camino. Mario colocó segunda, dobló de manera brusca, no volcó, el azar los volvió a proteger. Volvieron a recuperar velocidad por una vereda, levantaron el césped, se enderezaron, recuperaron la avenida. Ahora los perseguían veinte móviles policiales y tres helicópteros. -¿Que hacemos?- preguntó el libertario melancólico- choquemos contra la estación de servicio- gritó Mario con desesperación. El vehiculo aceleró, se estrelló contra un tanque de nafta, ellos saltaron, se perdieron entre el fuego, el kerosén, el petróleo ardiendo. Los pasos torpes de ambos se apresuraron y perdieron en un baldío. No se detuvieron, corrieron por horas. Logaron llegar a un escondido río. Del otro lado del agua un inmenso bosque se contemplaba.
Mario observó al libertario melancólico, extendió sus brazos y los cerró en un abrazo calido. El otro solo guardo silencio, solo agradeció al azar, solo creyó en ese momento. Se observaron sobre el cansado río, ya no eran jóvenes de dieciocho años jugando a ser adultos con sus tristes rifles, ahora encontraron caras rodeadas por una espesa barba, llevaban arrugas en sus frentes, venas rojas brillaban en sus cansados ojos. Amarillas eran las largas uñas encontradas en sus sucias y destrozadas manos
-¿Y ahora que hacemos?- preguntó el libertario melancólico rascando su espesa barba con su mano izquierda. – Robamos un banco, explotamos un edificio público y empezamos una nueva vida- respondió Mario rascando su espesa barba con su mano derecha. –Es una poética idea ¿Lo hacemos por la libertad? ¿Será tal vez nuestra humilde venganza por algo que no elegimos?- Comentó el libertario melancólico acariciando su cabello con su mano izquierda. – Conozco unos hermanos de lucha del otro lado del río. Allí donde termina la ciudad, allí donde el viento sopla una canción, allí donde nuestro corazón respira el aire del espíritu- Explicó Mario acariciando su cabello con su mano derecha. Ya no eran dos desconocidos escapándose de una cárcel desconocida, eran una sola imagen, uno era el espejo del otro. Compartían una única alma, dividida accidentalmente en dos cuerpos. Existían no como dos amigos, sino como hermanos unidos por un único ser, por una única posibilidad
Observaron los peces nadar por el invisible río, lo cruzaron, sus pies se mojaron con la dulce agua de primavera. El perfume a pino rodeo sus narices, los árboles eran inmensos, nacían en el infierno y terminaban el sol. En el bosque no solo existía una flora secreta y desconocida, especies extintas como el cuervo rojo y los dragones invisibles de Ámsterdam, dormían entre los arbustos y las piedras. Las flores bailaban canciones sin sonido. Los fugitivos lo notaron y se quedaron atónitos frente a tantos milagros invisibles en un mundo lleno de conformismo.
Una carpa roja y blanca con banderines amarillos descansaba en el centro del bosque. –Hola- saludó un gitano encendiendo el fuego. El sol se escondía con cierta belleza inmortal. Cerca de una pequeña carroza unos viejos ebrios observaban el mundo en una esfera de cristal. Un pato gris jugaba ajedrez con un niño. Una mucha llamada Ludmila bailaba alrededor de un pequeño gato triste. – Hola ¿como va?- respondió Mario. – ¿Podemos pasar la noche en el campamento?- Preguntó el libertario melancólico de manera inocente. – Claro que si- exclamó el gitano preparando los últimos troncos para el fuego nocturno se llamaba Baltasar. Una señora obesa, con un sombrero violeta y alas de paloma a sus costados, preparaba la cena.
Ludmila encendió algunas velas, el aire se lleno de un olor dulce sabor mermelada de durazno, desde la tierra, desde las ramas, espíritus violetas surgieron, bailaron y contaron chistes malos. Los fugitivos bebían un vino sabor frambuesa, traído desde los jardines de babilonia, observando en silencio el espectáculo de los espectros.- ¿A donde van?- preguntó Baltasar peinando su largo bigote verde.-Al otro lado del bosque, allí donde la civilización se acaba, donde una cabaña ansiosa de libertad nos espera- explicó Mario con cierto idealismo perdido entre los falsos recuerdos del pasado.
El fogón se encendió. Los gitanos y los dos fugitivos se sentaron alrededor. Cenaron un guiso espeso de gallina e iguana. Los tristes fantasmas bailaban alrededor del fuego, crearon una densa niebla en el campamento. Ludmila cantaba canciones tristes en latín. La noche era fría, los árboles temblaban. El nocturno cielo dibujaba oscuros rojos. El viento acariciaba las carpas, hacia bailar al fuego. Un gitano con un pañuelo verde sobre un monociclo y con una pelota de agua, otra de fuego, otra de aire, otra de metal y la última de madera realizaba malabares moviéndose alrededor del grupo. Los fantasmas miraban encantados el espectáculo, le sonreían a Ludmila, ella encantada. Algunos duendes se acercaron al lugar. Mario observaba ese paisaje con cierta libertad bohemia. Una mariposa con insomnio, pintada con los colores del arco iris, se posó sobre el dedo meñique del libertario melancólico. La espesa niebla violeta se desvaneció, el sueño los alcanzó, el fuego se apagó, la noche se iba despidiendo con una dulce humildad.
Mario amaneció con los ojos bañados por las lagañas- debemos seguir nuestro viaje- gritó a su compañero. El otro se levantó con cierta pereza eterna, acarició sus ojos, olió sus manos y siguió los pasos de su amigo. –Esperen- gritó Ludmila con cierta pasión secreta en sus palabras- Esto es tuyo, libertario melancólico- le entrego un objeto sin forma y lleno de colores, luego probo hundió sus labios en los de él. – es una morla. Te salvará en las situaciones mas extrañas- El hombre se quedó atónito frente a un beso tan corto pero apasionado, frente a un regalo tan bello pero extraño- gracias- dijo mas confundido que agradecido. Se alejaron del campamento junto con los últimos rastros de la noche-¿Che porque te dijo así?- Preguntó Mario con una divertida curiosidad-¿Cómo?- Libertario melancólico- repitió distraído Mario.- Ah ni idea, es un buen seudónimo. Me lo voy a quedar- respondió pensativamente el libertario melancólico.
Caminaron, los árboles fueron disminuyendo en su cantidad y altura. Cuando se alejaron de sus pensamientos metafísicos y volvieron a una realidad posible, observaron que estaban parados en una inmensa llanura amarilla llena de vacas con manches azules. No había árboles, no había sombras, solo un ganado obeso masticando un cansado césped
Se recostaron sobre la planicie – hagamos fuego- comentó el libertario melancólico.
- ¿con que?, no hay árboles. Solo bosta de vaca, res y césped.- preguntó con un toque sarcástico Mario.- Con excremento y césped quemado- remató triunfante el hombre que soñaba con faros. De su bolsillo izquierdo Mario saca una pequeña caja de fósforos con forma de pescado triste. Se encendió el fuego olía a chocolate caliente y caramelo de vainilla. –Es extraño, este lugar- dijo el libertario melancólico observando una mancha azul de una res- Es extraña la vida- respondió Mario, de su boca se escapaba la primera pitada de humo.
El ganado cagaba, masticaba césped, dormía, lloraba por su propio destino. Los dos amigos, los dos hermanos, masticaban dolor, observaban el cielo, intentaban dormir, lloraban por su propio destino. El libertario melancólico observaba el negro cielo, intentaba imaginar que esa oscura noche era un mar infinito, que su destino era vigilar ese negro océano violento pero hermoso, crudo pero perfecto. Mario fumaba en silencio. –Saca la morla- sugirió el segundo. En ese objeto sin forma lleno de colores Mario encontró una galería abandonada, un grito que decía: ¿señor como hago para llegar al barrio colonial?, unos pasos en su espalda, un alarido: quieto o disparo, una bala, un final, mucha soledad. – y, ¿viste algo hermano? Preguntó el libertino melancólico- Mi futuro- respondió Mario con el rostro pálido. - ¿Cómo era?- No importa, a ver mira vos-. En ese objeto sin forma, lleno de colores, llamado morla, el libertario melancólico encontró, un faro, un océano poderoso, un viejo cansado, gotas cayendo del cielo, una muchacha durmiendo, miles de plumas de pavo real, miles de litros de tinta, miles de litros de alcohol, hojas sucias, mucha soledad. – y, ¿viste algo hermano?- Preguntó Mario.- Mi futuro- respondió el libertario melancólico con el rostro pálido.-¿Cómo era?- no importa. Intentemos dormir que mañana va a ser un día largo. Otra vez dos gotas de agua, otra vez uno era el espejo de otro, pero sus caminos eran tan distintos.
Se despertaron antes que salieran los primeros rayos de sol. Las vacas soñaban libertad aunque mañana serian torturadas y asesinadas en el matadero. Apagaron el fuego, olieron el césped y caminaron hacia el alba, estaban perdidos. El frió y un ser azul rodeo sus pequeños cuerpos. ¿Qué es eso? Preguntó uno dormido. El libertario melancólico limpió sus ojos con sus puños cerrados, y respondió con una duda propia de un cura antes que de un ser racional- no se, a lo mejor sea una pena errante-. El espectro se dio vuelta y mostró una sonrisa sin dientes, una mirada sin ojos. Estaba vestido con un traje azul, con una camisa celeste, con una corbata azul. Su piel era azulina. Quisieron asustarse, desearon correr, pero estaban con tanto sueño que Mario encendió un cigarrillo lo observó con cierta pena y lo saludó, por su parte el libertario melancólico acaricio una vaca, luego se presentó. El fantasma no dijo nada. –Se va a llamar azul- sugirió el hombre que soñaba con los faros.- Es un buen nombre- comentó el otro. Azul regaló otra sonrisa y caminó hacia el fin del mundo. Los otros dos lo siguieron por puro aburrimiento, a algún lado va a llegar, pensaron con falsas esperanzas.
La vacas se desvanecieron se convirtieron en pequeñas luces azules, solo quedó una inmensa llanura, algunas montañas tristes, el sol opaco, un espectro llamado azul y ellos dos yendo a ningún lugar. Cruzaron una pequeña sierra donde dormían caballos sin dueño, llegaron a un pequeño camino de piedras color naranja, un césped verde y prolijo lo rodeaba, al final una pequeña cabaña. Azul se desvaneció sin saludar, sin despedirse, fue un momento breve que ninguno de los dos lo notó.
Golpeó la puerta tres veces- ¿Quién es?- preguntó Cesar- Soy yo, Mario- respondió con voz cansada.- Qué gusto verte vivo, cabrón ¿Y este?-. –Un amigo se llama…-.-Mi nombre no importa, simplemente llamame libertario melancólico-.- Nunca un amigo normal vos ¿no?-.-los locos son los que cambian el mundo.- Respondió Mario observando la suciedad de su ombligo.
La cabaña era calida, el living estaba alumbrado por un pequeño fuego encendido en el hogar a leña. Al lado de la ventana un muchacho colorado tocaba en un violín canciones donde se escuchaba el sonido del desencuentro y el encuentro sin luz. En un colorado sillón una mujer dormía abrazada a un gordo feliz, él solo roncaba. Sobre el tapete, un perro bebía una botella de cerveza sosteniéndola con sus dos patas. Un olor a puchero y café se escapa de la cocina.
-Ya esta el café Cesar, trae a tus locos nuevos amigos- gritó desde la cocina una mujer de ojos pardos llamada Flor. Bebieron sus tazas en una redonda mesa de papel, conversaron, soñaron con millones de posibilidades y pensaron en destruir las invisibles caras tristes de siempre. ¿Qué andan haciendo por acá? Preguntó el dueño de la casa, su dedo índice izquierdo se perdía en su puntiaguda nariz, su mano derecha sostenía la taza.-Necesitamos realizar una venganza poética contra los que nos detuvieron en la cárcel- Comentó el libertario melancólico bebiendo el primer sorbo de café. -¿Cuál es el plan?- Preguntó Flor oliendo la amarga y fuerte infusión.-Robar el banco central y explotarlo. Explicó Mario con cierto espíritu didáctico.- Cuenten con nosotros, hace mucho que no hacemos quilombo, ¿No hermosa?- dijo Cesar con el alma exaltada- Así es petiso hermoso- Respondió Flor acariciando las orejas de su esposo.
Desde el living el violinista escuchaba las locas charlas de un grupo de locos soñadores conversando en una cocina donde el puchero y el café eran la única verdad. Apago el fuego, el lugar solo quedó alumbrado por sus rojos cabellos, y sus pálidos ojos abiertos, perdidos en una ventana donde se observaba el frió paisaje de una noche abandonada. Abelardo y Eloisa se despertaron del colorado sillón, ella tenia los ojos brillos, él la mirada pasiva de un hombre conocedor de un secreto devastador. La cerveza numero cinco produjo el sueño del perro. Las ultimas cenizas del leño se fueron apagaron con los primeros rayos de oscuridad existentes en la cabaña.
EL café, el puchero, la noche se acabaron, la pradera, las sierras, la cabaña fueron rodeados por un caliente día de sol.- ¿Qué es eso?-Preguntó Eloisa.-Es una morla-Respondió el libertario melancólico con una bostezo constante.- ¿Para que sirve?- preguntó otra vez Eloisa.-Es un objeto sin forma lleno de colores- Contestó el libertario melancólico su bostezo no se acababa.-Si, ¿pero para que sirve?- Cuestionó Eloisa de manera acusadora.-No sabe. Se lo regalo una gitana llamada Ludmila- Explicó Mario perdiendo su mirada en sus misteriosos dedos largos.- ¿Es hermosa?-quiso saber el violinista con cierta inquietud romántica.-Es una muchacha llena de misterio- Reveló Mario.-gua- dijo el perro medio borracho, medio viejo.-El misterio es lo esencial, lo hermoso de una persona. Destruye el aburrimiento- Reflexionó en voz alta el violinista. –Es necesario destruir el aburrimiento, es contra revolucionario- Aseguró Abelardo. -Ustedes tienen mucha teoría señores, es mejor actuar de una vez por todas- gritó exaltada Flor.-Ay muñeca siempre tan activa como me gustas.- Susurro Cesar, acariciando el cuello de ella.-Señores es hora de dormir, pasamos la noche en vela. Mañana vemos como hacemos la gran lucha- Ordenó Cesar con falsa autoridad.-¿Qué vamos a hacer?- Preguntó eternamente Eloisa. –Robar el banco central y luego explotarlo en nombre de nuestros amigos- Informó Flor con cierta sed de balas.-No, lo vamos a hacer en nombre la libertad- corrigió el libertario melancólico.- ¿Cuándo lo vamos a hacer?- interrogó sin cansancio Eloisa.-Cuando se nos de la gana- comentó Cesar.-gua- respondió entre risas el perro borracho. El grupo dormía, el libertario melancólico soñaba con un encuentro imposible, una mujer era violada en mirasierras, las vacas se dirigían al matadero. El sol del mediodía iluminaba la extensa llanura, la luz se perdía en las tejas, la pared, las ventanas, la puerta de la cabaña. El mundo giraba y ellos necesitaban pararlo.
Tardaron un año en concretar el plan, conseguir la financiación burguesa. Los hombres trabajaron como peones de campo, las mujeres vendieron sustancias ilegales y poesía en las calles bajas. Consiguieron armas en un país subdesarrollado, ropas negras en una tienda llena de polvo, ideas tristes en libros destrozados, un auto sin freno en una concesionaria sin conciencia. Era el día, era la fecha. La gran liberación iba a ser difícil, pero calmar el odio por venganza nunca es fácil. Un nuevo cargamento de carne llegaba, una mujer quedaba embarazada en mirasierras.
El banco se detuvo en la puerta de un banco ubicado en el centro de una ciudad sin nombre que se encontraba en un estado sin sentido. Abelardo y el violinista se colocaron sus mascaras, cargaron las armas y descendieron con tres bolsos grandes y veinte mochilas rojas. Contaron diez minutos en sus relojes, destruyeron vidrios y filmadoras. Revolvieron las cajas, rieron, dispararon al cielo. Dos testigos en silencio esperaban cumplir su papel. A ver ustedes dos, eran el libertario melancólico y Cesar, saquen el dinero de la tesorería. Solo tomaron una parte, junto con otra parte del dinero de las cajas. Lo llenaron en dos mochilas, las usaron ellos dos y luego cada rehén uso una llena de papel de diario. La policía tardaba porque Mario cortaba el acceso principal a la avenida con una manifestación donde se defendían los derechos de los perros alcohólicos, las viejas aburridas se emocionaban frente a una causa tan humana tan dulce. Gua, gua, gritaban algunos perros exigiendo sus derechos.
Los prisioneros, el libertario melancólico y Cesar se recostaron sobre el piso, observando el sucio suelo del banco. Ataron las manos de los rehenes.- En la mochila hay bombas señores, no nos hacen caso y explotan- explicó el violinista. El tiempo seguía avanzando, quedaban cinco minutos. Abelardo descendió a la tesorería, y dejó los tres bolsos en lugar. Una sirena sonó, la ley defensora del estatus quo llegaba. -Están rodeados- gritó el oficial.-No nos vamos a rendir hasta que no se cumplan nuestros pedidos. Cada rehén tiene veinte kilos de dinamita- aseguró Abelardo.- ¿Qué quieren terroristas?- preguntó la autoridad competente.- Bajen las armas neutralizan a los francotiradores- exigió Abelardo.-Si lo hacemos, ¿que ganamos?-.-Liberamos diez rehenes- Los francotiradores bajaron las armas, se retiraron del lugar. Cesar, el libertario melancólico, sus mochilas con dinero y ocho testigos mas fueron liberados. Estaban tan exaltados los policías que no revisaban el contenido de las mismas.-Negociemos la pena.- pidió el violinista.-Diez años- propuso el oficial desde el altoparlante.-Ocho- Exigió Abelardo.- Es un trato- gritó el oficial. Liberaron cinco personas más. Un fiscal se acercó con la declaración, la firmaron. Se alejaron del edificio con dos testigos como escudos. No se alejen del lugar deben prestar declaración- ordenó el fiscal. Pero entre cámaras, policías asustados, muchas personas curiosas, el libertario melancólico y Cesar se perdieron en un pasaje pequeño y ascendieron a un auto negro manejado por Flor y Eloisa. Al descubrir el papel en las mochilas las penas disminuyeron a cinco años, el dinero del banco parecía estar intacto. No encontraron armas de verdad solo de juguete, quedaron condenados a cuatro años de prisión.
EL auto negro se detuvo en una pequeña cafetería al costado de una ruta arbolada. Sobre una mesa con migas, un cenicero con colillas de cigarrillos y tazas de café vació, Mario los esperaba.- Ayer escuche una canción muy bella- comentó Flor.- ¿Cómo se llamaba?- preguntó la amante de las preguntas Eloisa.-siguiendo a la luna- respondió con cierto brillo Flor, acariciando el hombro de Cesar.-No la conozco. ¿Cómo es la letra?- interrogó Eloisa para no perder la costumbre.-No me acuerdo- respondió indignada Flor. El libertario melancólico bebía el café caliente en silencio, pensando en cosas que no pensaba nunca.- ¿y el perro?-Preguntó Cesar mordiendo la oreja de Susana. Esta en la camioneta- Explicó Mario pagando la cuenta. Se alejaron del lugar sin hablar del asunto del banco. El auto siguió a la desarmada camioneta.
Se detuvieron en un barranco. Echaron gasolina, alcohol y un encendedor sobre el vehiculo negro. Las chapas, el vidrio, las ruedas ardieron alrededor del grupo. Mario encendió un cigarro con el fuego ardiendo. Cesar perdió su dedo en su nariz. El libertario melancólico perdió su mirada en el fuego, recordó todo lo que vivió, tembló por todo lo que vendría.- ¿Y ahora que hacemos?- preguntó Eloisa, luego lloró en silencio por Abelardo-GUA- explicó el perro borracho exaltado.- Ah cierto- Recordó Flor, luego lloró por su hijo el violinista.
La camioneta llego a la pequeña y loca cabaña, los pastizales crecieron sin pedir permiso, las piedras naranjas se descuidaron sin saber muy bien porque, le humedad entró por las paredes, las ventanas, la chimenea, las puertas, el suelo. Rosas celestes crecían en las ranuras de la pared. Una parte del motín se la dieron a El libertario melancólico, el resto lo enterraron debajo del hogar a leña. Epoca de lluvia, pensó Flor y junto con Eloisa limpiaron e intentaron arreglar ese pequeño hogar. Cesar y Mario alimentaban al perro.
-Estuvo bueno- Comentó Abelardo observando parado como el sol intentaba entrar por la pequeña ventana del calabozo.-Habrá que esperar cuatro años, pero a veces la espera nos hace más sabios. Mejor no contemos las horas- reflexionó en voz alta, recostado sobre el piso, el violinista; Rascó su cabeza y silbó una canción de esperanza.
El hombre que soñaba con faros besó a Eloisa, humedeció sus labios en la mejilla de Flor, abrazó a Cesar, acarició al perro y observó a Mario.-hasta aca llegamos hermano- le dijo con cierta melancolía de libertario.- ¿Vas a seguir en la lucha?- indagó Mario.-No mi amigo voy a buscar un lugar y esperar.- ¿Esperar que?- preguntó MarioLlosa abriendo una etiqueta de cigarrillos.-No se algo de la vida, ¿vos vas a seguir con tu lucha?- Curioseó el libertario melancólico con un falso interés.- si mi hermano, hasta que los pulmones me digan basta- respondió su amigo aspirando la primera bocanada de humo.-Gua-confesó el perro alcohólico entre lagrimas. -Es cierto yo también te voy a extrañar- aseguró el libertario melancólico cargando sus billetes en una mochila roñosa.
Ese que alguna vez conocería a Brisa se alejó de la cabaña, acaricio el camino de piedras naranjas, se despidió de la pequeña sierra, saludó a los caballos que dormían, Cruzo la estepa, el bosque, tardó cuarenta cinco días. Llego al río, lavo su rostro, sintió un deja vú en su alma. Se acercó a la avenida, se perdió en una plazoleta sin césped, sin juegos, solo había una bandera patriótica y miles de kilos de cemento. Con el cuerpo cansado y el alma transpirada entró a una olorosa verdulería en el mercado central. El libertario melancólico se detuvo frente a la vieja que atendía y le preguntó-¿Usted es Martha?- si, si mi hijito, ¿Qué anda buscando?- preguntó la señora acomodando la lechuga de manera tal que las protegía de la lluvia y el sol. Pero a la vez formaban una flor verde, emitiendo un perfume sabor zanahoria.-Necesito una nueva identidad--Espéreme en la balanza mi hijito- respondió Martha con cierta autoridad maternal. La vieja se acercó rengueando con una especie de documento- humedezca su dedo acá. Ponga su foto. Son tres mil dólares nene- explicó Martha limpiando los tomates verdes. El libertario melancólico se alejó del mercado, caminó por la olvidada ciudad, entró a un edificio gris, se detuvo en una boletería, compró un pasaje a Mirasierras, esperó sentando al colectivo, cerró sus ojos y soñó con una mar multicolor, con un faro ocaso, con un cielo constante. La autopista era angosta, viajó durante cinco horas, el atardecer lo sorprendió, la luna lo saludó despierto, era la hora.-Es la hora, valió la pena che- dijo Abelardo observando parado la luna desde la pequeña ventana del calabozo.-Ahora llega el momento de la liberación, fue una buena lucha- reflexionó en voz alta el violinista.-gua- ordenó el perro alcohólico bebiendo una botella de vodka. Es verdad es la hora- aseguró ella Mario llosa, Eloisa y Cesar bebían café en la cocina, se acercaron al patio donde Flor respira a un dulce viento de primavera.- ¿Tenes el control encima?-Preguntó sin nunca cansarse Eloisa.-Si, si, si- Aseguró Flor acariciando al perro borracho que tragaba vodka sin molestar, luego hundió su dedo rojo, en un botón rojo. Tan preocupados estaban los policías por el asalto que no notaron los bolsos escondidos en la tesorería, dentro llevaban dinamita. Explotaron sin preguntar, un jazz inmortal salio del edificio, ladrillos, vidrios y dinero ardiendo, volaron por todo el centro. Fuegos artificiales rojos se dibujaron sobre la negra noche.-Valió la pena- comentó el violinista parándose para observar la luna desde la pequeña celda.-Oh si tal vez sea el comienzo de algo nuevo- comentó Abelardo acostándose sobre el suelo para reflexionar.
El libertario melancólico llego con los pies cansados a la playa de Mirasierras, era una noche oscura. Se detuvo frente a ese edificio rodeado por arena, una sola luz, millas sin fin de agua salada. Guardó algunos billetes, el resto los quemó.
Se sentó sobre la barandilla del balcón del faro y volvió a preguntarse-¿Qué espero?-
4.
La verdad esta perdida en senderos oscuros que no van a ninguna parte. Estructuras ambiguas, ideas confusas y tantas otras mentiras miserables son protegidas en este mundo por un delicado castillo de naipes. No entiendo porque todavía lo sostenemos, porque todavía creemos que las obviedades falsas son verdaderas. Estamos seguros de que ese abismo entre lo que realmente existe y una cómoda mentira no es verdadero. ¿Porque todavía imaginamos que este mundo esta bien como esta? ¿No nos damos cuenta que todo es una puta mentira?
Los héroes piden atención en las calles, venden sus ideas a un cargo político, regalan su imagen a una marca de zapatillas. Son escorias inútiles destruyendo una verdad hecha cenizas.
Las lágrimas de sal secan nuestros sueños, Los besos amargos de la muerte destruyen nuestros principios. Ya no hay enemigos, somos nuestros propios dictadores, nuestros propios esclavos. La salvación religiosa fracasó, la utopía política se destruyó. Estamos aislados por nuestros ingratos errores ¿Qué nos queda? ¿Un razonamiento abstracto, una conducta conformista, un nihilismo cruel? Debemos dejar de pensar, dejar de buscar, es tiempo de vivir. Cada día nos acercamos más a la muerte y nos distanciamos silenciosamente de la vida.
Es tiempo de vivir, pero ¿por quien vivir, por quien existir, por quien luchar, por quien amar, por quien morir? ¿Por el ser? Pero el ser necesita al poder y el poder transforma a este en un ser adicto al poder. Un círculo infinito se nos crea en nuestra vida. Si el ser individual no es verdadero, el poder es solo una ilusión. Si no somos ni podemos, la vida se convierte en una oscura y triste broma que ya no le causa gracia a nadie.
Los profetas piden limosnas de inmortalidad, los mercaderes monedas de seguridad, el alma los restos de una verdad imposible. Si todo es una mentira, ¿Cuál es la exactitud en esta época azarosa? Tal vez el único ideal que nos queda en este tiempo, sea el sueño del encuentro, la caricia del amor. Una idea tan hermosa no es imposible pero ni siquiera lo intentamos, es momento de buscar una salida en este callejón sin salida llamado vida.
Las caricias, el olor humano, los labios, los ojos bañados de dulzura tal vez sean esa verdad que estamos buscando. O tal vez ni siquiera eso y solo sea una humilde posibilidad llena de locura que se puede convertir en un punto cierto en nuestras vidas.
No transformemos el poder, modifiquemos nosotros, nuestro espíritu, nuestra forma de ver al mundo. Pienso en vos, en mí, en nosotros y ni siquiera se donde estas, ni quien sos.
Ya no soy un libertario melancólico intentando luchar por el poder, solo soy un hombre en un faro que espera- Pensó el hombre del faro, sus hombros descansaban en la baranda, sus ojos misteriosos se perdieron en un mar violento, en un ocaso perpetuo. Una gaviota buscaba alimento en la playa. Se sentó sobre la barandilla del balcón del faro y volvió a preguntarse-¿Qué espero?-. Descendió por las escaleras, mojó sus pies en el mar, sintió la cruda brisa del mar y pensó: ¿Cuánto tiempo falta? En algún hospital de Mirasierras nacía Brisa pero el todavía no lo sabia.