viernes, 13 de julio de 2012

Después




Después de decidir quedarse afuera de la vida, de contemplar el mundo sin pasión, de respirar el aire místico de Machu Pichu, de ver al dolor como una compañía permanente, de cargar sobre sus hombros el terrible peso del pasado, de maldecir la debilidad de sus huesos.

Después de haber observado como el diablo quemaba esos versos perfectos, ese sublime poema donde se reivindica el pecado, donde se describía la grandeza del riesgo de equivocarse, donde se re significaban los fuegos del infierno.

Después de vivir el adiós más hermoso del mundo, de perderse por las calles donde la maga lloró alguna vez en silencio a Rocamadour, de matar a los dragones de la atlántica, de aprender todas las lenguas del mundo, las vivas, las muertas, las que mañana dejaran de existir.

Después de comprender las palabras del popol-vuh, de cruzar el océano pacifico en una balsa de madera, de hundir el submarino del  capitán Nemo, de andar desnudo por las selvas de la amazona, de haber amado ese barranco insoportable.

Después de responder a los secretos de la alquimia, de naufragar por los desiertos de Arizona, de ahogarse por las calles de mirasierras, de escuchar el último solo de Charlie Parker, de percibir el volar de los ángeles, de haberse preguntado tantas veces ¿Por qué?.

Después de haber hallado a Dios, de maldecirla, de jugar un partido de ajedrez con ella (Perder, blasfermarla), de enfrentar los espíritus de Haití, de beber un café amargo con el general Aureliano Buen Día, de llorar por el final de un siglo cubierto de sangre.

Después de encontrar, de llegar al lugar donde nace la lluvia, de no vislumbrar los secretos de la biblioteca de babel, de abrazar el cadáver de Cristo, de fumar un habano junto a Fidel, de respirar el puerto donde alguna vez desembarcó Oliveira.

Después de quebrar su alma frente a un amanecer en tierra del fuego, de resucitar su corazón con las notas de Piazzola (Romance del diablo), de enfrentar al sádico Baal en Hiroshima, de sufrir  la terrible desesperación de quien nunca leerá todos los libros escritos en la historia.

Después de fracasar en inacabables batallas por un amanecer sin penas, de congojarse al saber que las personas construyen inmensas e invisibles cárceles sin siquiera preguntárselo, de cantar aquellas canciones que ennoblecen al ser, después de let it be.

Después de entender al azar o al destino (Todavía no está seguro), como un tesoro oculto, como un relato tierno, de contemplar el final de un mundo sin sentido, de sufrir una dolorosa impotencia frente  al hundimiento de macondo, de odiar al sol.

Después de decidir finalmente (Luego de infinitas dudas, de insoportables esperas) volver al viaje de la vida, de desesperarse frente a la mujer a quien le entregó su corazón, después de comer mierda, después de todo…, el capitán melancolía, se sentó sobre el borde de la ventana, encendió su pipa de madera negra, observó el mar.

Después,  susurró esa vieja canción expresada en una lengua muerta que ya nadie hablaba- How many roads must a man walk down, before they call  him a man?- con la paciencia de quien ama sin ser amado. El disco no se detenía, la lluvia tampoco.


                                         Viernes 13 de Julio del 2012, Un TaL LukaS



sábado, 23 de junio de 2012

Proyecciones (corregido)






                                                                                                               


Y porque está todo bien,
pero no está todo bien
¿bien para quién?
 La hermana menor- avenida de los Ginkos


Peina su bigote italiano luego descubre su arrugado rostro frente al espejo y acaricia su luminosa calvicie.  Escucha el ronquido de su esposa mientras camina encorvado hacia la cocina.

Calienta  agua en la pava y busca el paquete de yerba; lo huele, lo agita cinco veces para quitarle todo ese oscuro polvo de duendes inquietos. Limpia la bombilla, busca su mate de madera elaborado en el desierto de almas.

-Mirasierras murió desde que la lluvia terminó- piensa mientras observa  cómo los rayos de sol queman un árbol seco.

Retira el agua del fuego antes de que hierva, antes de que sea imposible seguir con vida. Se sorprende al ver a su mujer sobre la mesa con los ojos todavía dormidos, con los fantasmas todavía sin desvanecer.

-Anoche me soñé observándome- comenta él cebando el primer mate

-Hoy es martes. Los martes va poca gente a la calesita- contesta ella con sus ojos clavados en las marcas de humedad de la pared. Escucha el volar de una mosca

-Fue un sueño extraño, hacia algo que nunca había realizado o todavía no hice- Recuerda él.

Piensa en ese instante que se desvaneció con el sonar del despertador.

-La situación está cada vez peor- replica ella.
Contempla el sol de invierno.

-No te preocupes- responde él. Piensa en sus sueños

Camina despacio hacia la plaza y cubre su rostro con una bufanda tejida por los hilos del adiós.

repite.

Enciende la calesita, los caballos, las carretas, los autos giran de manera circular, al compás de una dulce canción.

Una pareja de enamorados se abraza frente al viejo de bigotes italianos. Él le jura cosas imposibles, en un lenguaje imposible al oído. Ella responde con una sonrisa, con ojos enamorados, con mejillas coloradas.

A lo lejos, en el horizonte de un seco césped amarillo, un hombre de ojos cansados, barba descuidada, con lágrimas secas sobre sus viejas mejillas pálidas, con la pitada final  de un cigarrillo sobre su boca, los observa para luego confesar:

 -el amor es una ausencia que nunca se completa-

Se aleja del lugar, lanza su vieja colilla sobre el suelo. Un viento afilado, desolado,  intenta derrumbarlo. El helado invierno lo deja solo en una ciudad con amores ajenos. El vacío es insoportable, lee en el suelo. Acaricia el caer de una hoja amarilla.

El hombre de ojos cansados se descubre en una avenida  abandonada por la vida. Se detiene frente al teatro viejo. Los ladrillos del edificio se caen y  las puertas están cubiertas por maderas húmedas. Deambula por las escaleras, se pierde en  las sombras  del teatro abandonado.

El suelo se encuentra cubierto de polvo, de polillas muertas, de cucarachas inquietas. Sus ojos, su alma, se acostumbran a la oscuridad. Un gato negro se cruza entre sus piernas.

Las telas de araña le producen una tos seca, enciende un cigarrillo. El fuego de los fósforos ilumina el hall. Rodeado de butacas los pasos del hombre con ojos cansados, hacen gritar la madera, algunos restos de pared caen sobre el suelo. Se sienta sobre la  butaca negra ubicada en el centro del lugar.
Escucha el encendido de la cámara, la cinta rueda sobre la pantalla amarilla. Se dibujan ciertas manchas negras en la imagen. En esa proyección mira   el horizonte del seco césped amarillo,  sobre el banco, un hombre de ojos cansados, barba descuidada, con lágrimas secas sobre sus viejas mejillas pálidas, con la pitada final de un cigarrillo sobre su boca, los observa para luego confesar:

 -el amor es una ausencia que nunca se completa-

Gabo, el coronel no tiene quien le escriba

                                                     



El coronel no supo si había oído esa palabra antes o después del sueño. Estaba amaneciendo. La ventana se recortaba en la claridad verde del domingo. Pensó que tenía fiebre. Le ardían los ojos y tuvo que hacer un gran esfuerzo para recobrar la lucidez.
—Qué se puede hacer si no se puede vender nada —repitió la mujer.
—Entonces ya será veinte de enero —dijo el coronel, perfectamente consciente—. El veinte por ciento lo pagan esa misma tarde.
—Si el gallo gana —dijo la mujer—. Pero si pierde. No se te ha ocurrido que el gallo puede perder.
—Es un gallo que no puede perder.
—Pero suponte que pierda.
—Todavía faltan cuarenta y cinco días para empezar a pensar en eso —dijo el coronel.
La mujer se desesperó.
—Y mientras tanto qué comemos —preguntó, y agarró al coronel por el cuello de la franela. Lo sacudió con energía—. Dime, qué comemos.
El coronel necesitó setenta y cinco años —los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto— para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder.

— Mierda.


París, enero de 1957. Gabo. El coronel no tiene quien le escriba